El papa es uno solo y es el representante de su dios sobre la Tierra y el jefe de un Estado cada vez más chiquito: el Vaticano. Lo elige, como sabemos, el Espíritu Santo, que necesita, para manifestarse, confinar a un montón de cardenales en unas salas muy ornadas donde se venden mutuamente los pescados. Una vez elegido, ese papa se dedica a presidir la organización más machista de Occidente: una donde ninguna mujer puede llegar a ningún puesto de —módico— poder, una que se dedica a limitar de todas las formas posibles la libertad de las mujeres. Por eso no es raro que su jefe se llame papa: cumple las funciones represivas que solían cumplir los padres de familia —los patrones de familia— cuando su organización se puso en marcha.
1441. Martín Caparrós
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