La vida es movimiento, pero esa agitación, esa danza, sucede libremente. Nada nos puede asustar pues nada sucede a nadie. Como sospechaban los budistas, no hay egos sustanciales. El ego es un rizo, una reverberación, un saber del saber, un miedo del miedo, una alegría de la alegría. La propia identidad de cada cual se siente como algo muy viejo y, al mismo tiempo, muy poco familiar. Se advierte que el ego es el disfraz necesario para el juego de la vida y el amor. Una máscara, imprescindible para el deseo, que es el motor de la existencia. Constatar esa insustancialidad es más gozoso que terrorífico. Nadie está más loco que aquel que se muestra constantemente cuerdo y atado al sentido común, siempre a la defensiva, custodiando un tesoro, el de su propia identidad, que al fin y a la postre resulta intercambiable.
2014. Juan Arnau
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