Los viejos de ahora, ¡somos la hostia! Yo desde mi balcón miro pasar a los viejos del barrio y veo todo tipo de vejez. Y veo vejeces que son impostadas. Es decir, que las han aceptado. Quisiera quitarles a los viejos el miedo a la vejez. Es decir, quitarles el disimulo, quitarles el encorvamiento prematuro, quitarles el ay, ay, ay, ay, soy una yaya. No, no, eres la misma mujer que fuiste o el mismo hombre que fuiste, como tienes el niño que fuiste o la niña que fuiste dentro y eres tan joven en tu vejez como joven fuiste en tu adolescencia, porque todo te sucede por primera vez. (…) Y saber eso es un regalo de las diosas. Saber esto es fundamental. Y me gustaría mucho que la gente que vea esto me haga caso. Porque cada día es nuevo. Y cada día te pilla desprovista, claro, te pilla con miedo. El suelo se mueve bajo tus pies, pero se movía a los 14 años también. Solo que tenías más talones en blanco en el talonario. Ahora sabes que te quedan pocos. Pero eso es incluso un aliciente para disfrutarlo más.


