La música ya no se escucha; se oye sin querer, sin cesar, sin atender. La música dejó de ser una experiencia: es sonido de fondo, batifondo, el ruido que precisamos para no tener que escucharnos vivir. Y los muertos nos la cantan, nos la tocan. Antaño, de los muertos quedaban los recuerdos, que el tiempo iba gastando. Alguien podía comentar, escribir que había oído cantar a Carusso, recitar a la Duse, pero no era sino una evocación. Las grandes voces eran un apunte cada vez más tenue que se desvanecía; ahora, en cambio, John Winston Lennon canta igual que en 1967, cuando tenía 26 años: cuando vivía, digamos. Son, es verdad, parte de un mundo que rebosa de memorias: vivimos con su presencia inverosímil. Nunca había sucedido pero ahora sucede sin parar: desde ultratumba, sus voces nos llegan con una naturalidad que nadie, hace poco, habría encontrado natural. Nos hemos acostumbrado, las escuchamos como si nada fuera. Ahora las voces de los grandes muertos ocupan el mismo espacio público que las de grandes vivos. No pensamos que por mucho menos se inventaron religiones, satanes, el insomnio. No pensamos que la metáfora definitiva de la muerte es el silencio. Y que, desde siempre, nada fue más aterrador que oír las voces de los muertos.
1613. Martín Caparrós
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