No sé ustedes, pero yo, cada vez que alguien me dice que es muy sincero, o desconfío o me echo a temblar. Desconfío porque “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Y tiemblo porque, tras una declaración de esta índole, siempre viene una bordería o tamaña grosería (…) Por otro lado, opino que existe una confusión considerable con respecto a la sinceridad. Para mí no es un valor absoluto. Hay veces en que es mejor callarse; otras en que es mejor mentir, y hay, por fin, verdades que, por el bien de todos, no deberían saberse nunca.
1553. Carmen Posadas
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