Células nuestras que se vuelven locas, egoístas e inmortales porque se reproducen con una rapidez inusitada. Y además se hacen viajeras: saben que, tarde o temprano, el sistema inmunológico puede localizarlas e ir a por ellas. (…) Una célula cancerígena, la más valiente de todas, coge un barco ―el torrente sanguíneo― como si fuera un conquistador que se va a América, y busca otro lugar que colonizar. Esa célula viajera es la que a mí me buscan cada tres meses. La madre de la metástasis. Si una sola célula consigue imponerse al temporal y burlar todos los controles (el torrente sanguíneo en el que trabaja el sistema inmunológico para neutralizarla, los glóbulos blancos, el sistema de defensa de nuestra biología) y se instala en otro órgano, esa es una supercélula de tal calibre, de una malignidad tal, que es muy difícil que nada la venza. Por eso la metástasis es la parte más peligrosa del cáncer. Es el cáncer que ha viajado. Para una célula, con ese tamaño, ir del intestino al pulmón es una auténtica epopeya.


