Podría decirse que la vanidad es como un sucedáneo del orgullo, como un orgullo menor en calidad y mayor en cantidad, un orgullo de saldo o limosna, un orgullo devaluado, pero también más ostentoso que el verdadero orgullo, que suele ser discreto o clandestino, más calculador y avergonzado de sus intenciones. La vanidad, en cambio, siempre es presuntuosa, siempre hincha el pecho y despliega su plumaje, como el pavo real. El orgullo, aunque pueda resultar destructivo, tiene cierta grandeza trágica que mueve a la piedad, incluso a la admiración, porque el hombre orgulloso está dispuesto a dejarse todos los pelos en la gatera con tal de coronar su empresa; y, si no la corona, jamás muestra a las claras su íntima desolación. La vanidad, en cambio, es frívola, poco propensa al heroísmo y dispuesta incluso a caer en el ridículo con tal de satisfacer sus apetencias, que por lo demás suelen ser bastante fútiles.
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