Entras en algún local de ligue y descubres que nadie te mira o que, si alguien cruza por azar la mirada contigo, la aparta con precipitación. Le diriges a alguien la palabra y te dice: no, es que estoy cansado, o casado, o tengo prisa; esos son los signos que anuncian que lo peor está empezando a llegar. Aún hay más. Demasiadas veces te invade la sensación de que ni siquiera tienes acceso. Es decir, que ves a alguien que te gusta y ni siquiera te atreves a pensar en dirigirle la palabra, porque constatas que es de otra época, de otro tiempo, que está en el escaparate de un local al que no tienes acceso; piensas que tu tiempo con él ya ha pasado. No sé cómo ni desde cuándo, pero esa sensación es cada vez más frecuente. La sensación de estar cerca de algo hermoso que no es para ti, ya no. Te da vergüenza mancharlo hasta con la mirada.
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Hablar de la menopausia, como de la menstruación, también parece ser de mal gusto (…) Yo, que me sentía en la flor de la vida, de pronto empecé a pensar que era una vieja, con todo el peso y el prejuicio que esta palabra conlleva, especialmente en un mundo donde la juventud es un valor en alza y la vejez un defecto imperdonable. Me sentí juzgada. Era una narcisista, una histérica, una tonta… Pero lo único que sentía era soledad. A lo mejor, no tuve mucha suerte con los profesionales a los que acudí, pero creo que la medicina, y especialmente la pública, debe estar más preparada para acoger las dudas y miedos de las mujeres con abanico.
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