Hablar de la menopausia, como de la menstruación, también parece ser de mal gusto (…) Yo, que me sentía en la flor de la vida, de pronto empecé a pensar que era una vieja, con todo el peso y el prejuicio que esta palabra conlleva, especialmente en un mundo donde la juventud es un valor en alza y la vejez un defecto imperdonable. Me sentí juzgada. Era una narcisista, una histérica, una tonta… Pero lo único que sentía era soledad. A lo mejor, no tuve mucha suerte con los profesionales a los que acudí, pero creo que la medicina, y especialmente la pública, debe estar más preparada para acoger las dudas y miedos de las mujeres con abanico.
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