La fugacidad y la ingente cantidad de información que rigen este tiempo emponzoñan nuestra capacidad de empatizar con el dolor ajeno. Si antes era una tentación cambiar de cadena ante imágenes terribles, ahora las redes lo hacen por nosotros. Al parecer, velan por nuestra comodidad. Pero, cuidado, algún día los de esas imágenes quizá seamos nosotros.
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