Soporté meses el acoso laboral porque sabía que la empresa intentaría no pagarme una indemnización, y si además me iba yo, renunciaba a mi derecho de subsidio por desempleo. No podía permitírmelo. Aguanté hasta el despido. Y no estoicamente, sino con un claro cuadro depresivo y de ansiedad permanente. Algunos de mis compañeros sí se fueron dignamente porque tenían ese apoyo económico. Ese concepto de la dignidad también está ahí. Al final, es otro privilegio.
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