Cuando me levanto todos los días no dejo entrar al viejo. Mi secreto es el mismo desde 1959: mantenerme ocupado. Nunca dejo que el viejo entre en casa. He tenido que sacarlo a rastras porque el tipo ya estaba cómodamente instalado, dándome el coñazo a todas horas, sin dejarme espacio para otra cosa que no fuera la nostalgia. (…) Hay que aprender a luchar por no dejar «entrar al viejo». Ese viejo que nos aguarda apostado y cansado a la orilla del camino para desanimarnos. No dejo entrar al espíritu viejo, al criticón, hostil, envidioso, a ese ser que escudriña en nuestro pasado para anudarnos de quejas y remotas angustias, y de traumas revividos o de olas de dolor. Hay que darle la espalda al viejo murmurador, lleno de rabia y quejas, de falta de valor, que se niega a sí mismo que la vejez puede ser creativa, decidida, llena de luz y de protección.
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