Tenía algo de filósofo presocrático que se para a contemplar la fluencia perpetua del mundo, para explicarla luego con una lírica clarividencia, disfrazando sus verdades pequeñas con la máscara de la paradoja. Nada le importaba menos que ‘tener razón’; pues un talante desprendido como el suyo no sabía qué hacer con una posesión tan antipática. Más que la propiedad de la verdad, le interesa el usufructo de la duda. (acerca de Manuel Alcántara)
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