Reconocemos la inteligencia de perros y gatos, pero con los animales que comemos adoptamos una actitud diferente, nos negamos a reconocer su inteligencia. Eso es una forma de especismo. No el habitual, el que durante milenios nos ha hecho pensar que los humanos somos la imagen de dios y tenemos un estatus moral del que carecen otros animales, sino uno diferente: el que dicta que los perros y los gatos gozan de un estatus moral que implica que no está bien hacer con ellos lo que sí hacemos de manera rutinaria con las vacas, los cerdos, los pollos y los peces.
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