A Cyril Connolly, tan inglés en su desapego irónico, tan exigente en sus criterios de calidad literaria, lo estremecía la belleza simple del villancico castellano: “La Nochebuena se viene, / la Nochebuena se va. / Y nosotros nos iremos / y no volveremos más”. Cuando encontré esos versos en la obra maestra casi secreta de Connolly, The Unquiet Grave, tuve la sensación de reconocer una voz conocida y querida en un lugar extranjero. La congoja súbita que expresan sobre el paso del tiempo contrasta con el júbilo de la música y del estribillo que los acompañan. Al niño que le presta atención por primera vez, ese villancico lo sobrecoge porque le confirma la revelación dolorosa del hecho de la muerte, que suele llegarle con tan innecesaria precocidad hacia los cuatro o los cinco años. Las cosas no seguirán siendo siempre igual que son ahora, en la arcadia sin tiempo del presente infantil. Los padres se harán viejos y morirán, igual que morirán el perro o el gato de la familia, y aunque parezca increíble también se morirá uno mismo, y no volveremos más.
955. Antonio Muñoz Molina
0


