Desde lo más remoto de nuestra infancia empezamos a construirnos como siervos de esos dioses crueles (el éxito y el fracaso). Triunfar, o creer que triunfamos en algo, nos da vida. Mientras que el fracaso es tanático, letal, es una sensación que mimetiza a la muerte. Aún peor: si el fracaso se nos desmesura en la cabeza y adquiere proporciones gigantescas, uno preferiría morir antes que afrontarlo.


