Si un extranjero leyese algunas reacciones a la muerte de Arévalo —sobre todo, en esa trituradora de carne antes llamada Twitter—, pensaría que se ha muerto un criminal de guerra, un ser abominable que subyugó a los homosexuales y a los pacientes de las clínicas de logopedia. Ante el sofoco de algunos, parece que los siglos de oscuridad, oprobio, persecución y violencia de España fueron culpa de un tipo que salía un rato a hacer el ganso en un escenario. Me repugnan mucho todas esas buenísimas personas que bailan sobre la tumba de un señor que lo único que hizo en su vida fue contar chistes que ya no tienen gracia. ¿Cómo puede presumir de grandeza moral quien no respeta un luto ni sabe guardar, al menos, un silencio cortés ante el paso del cortejo?
3224. Sergio del Molino
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