Tengo la teoría de que los escritores nos dedicamos a escribir, entre otras cosas, porque no nos gusta hablar públicamente. He encontrado en muchos colegas ese pudor y esa incomodidad comunicativa, y yo desde luego soy así. De niña tartamudeaba y me ponía tan nerviosa ante el escrutinio público que era incapaz de afrontar un examen oral. De joven, ya en la alborotada Universidad de los últimos años del franquismo, no pude ponerme en pie en las asambleas para decir nada porque me temblaban las rodillas y las manos, enrojecía de manera violenta y farfullaba. Cuando presenté mi primera novela, a los 28 años, sucedió lo mismo. Hice un penoso papelón con mis balbuceos. Pero ya entonces comprendí que, si quería desarrollar una carrera profesional, tendría que aprender a hablar en público. Fue premonitorio, porque las promociones literarias se han intensificado de tal modo que hoy los novelistas nos hemos convertido en bustos parlantes. Ya no basta con escribir un libro, sino que además hay que vocearlo por las esquinas. Un paradójico sino parlanchín para unas personas que, según creo, detestamos perorar.
2394. Rosa Montero
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