El orgullo es pundonoroso y tozudo y obra en volandas de la ambición, a diferencia de la vanidad, que suele obrar a tontas y a locas, seducida de su propio carácter fantasioso, aspirando a empresas quiméricas o improbables, y en no pocas ocasiones por completo carentes de categoría y de lustre. (…) La vanidad, a la postre, consiste en ocupar fantalmasmente un espacio que no nos corresponde, siquiera por unos días o unas horas; el orgullo, por el contrario, aspira a llenar perpetuamente ese espacio, hasta adquirir su propiedad. La vanidad es diletante y picaflor; el orgullo es concienzudo y recalcitrante. En cierto modo, el orgullo es el doctorado de la vanidad.
2142. Juan Manuel de Prada
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