Defiendo la resistencia de la inocencia en un mundo cada vez más sintetizado en sus discursos, cada vez con menos polisemias, con acepciones más limitadas y que busca puntos comunes que no son otra cosa que la mediocridad. (…) Es quizás la gran labor que puede hacer el poeta no solo para sí mismo, sino para su tribu, para sus iguales. (…) Qué mal cuando ya nada nos sorprende. Yo deseo ser inocente y, además, pienso que hay una profunda y radical diferencia entre el ignorante y el inocente. La inocencia es una posición vital, política y poética, decidida, vocacional. Uno es inocente porque decide mirar el mundo desde un lugar no convencional, pero nunca es ignorante y mucho menos ingenuo.
1861. Mario Obrero
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