La iglesia católica anduvo entre Pinto y Valdemoro; porque si de una parte le interesaban las ventajas de la imprenta para sus asuntos eclesiásticos y sus bibliotecas, por la otra recelaba (y con motivo) que al popularizar el libro y hacerlo más asequible a la gente, ésta accediese por su cuenta a ideas y doctrinas perniciosas que la Iglesia de Roma y sus ministros no podían controlar, hasta el punto de que les saliera el cochino mal capado. Cosa que, por supuesto, acabó ocurriendo. Iban a ser la imprenta y los libros lo que más facilitara la gozosa explosión de esa Europa tan interesante que venía de camino. Y no es casual que para los hombres de la Revolución Francesa, que tres siglos y medio después proclamarían los derechos del hombre, Gutenberg fuera un temprano precursor con el que se sentían en deuda.
1732. Arturo Pérez-Reverte
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