El momento culminante de esas músicas eran los “conciertos” o “recitales”, actuaciones “en vivo” de los músicos. Eran grandes rituales: las músicas no se ofrecían para su conocimiento sino para su reconocimiento. La enorme mayoría de los espectadores las sabían de memoria por haberlas escuchado en grabaciones y concurrían para oír a sus autores repitiéndolas, dar saltos y reconocerse. Esos espectadores, cada vez más, solían mantener un brazo en alto; no era, como en los mítines fascistas anteriores, para saludar al gran jefe sino para grabarlo: nada de todo eso —nada en general, en esos días— tenía sentido si no quedaba registrado.
1534. Martín Caparrós
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