En las fotos, a Rafael del Pino se le ve ensimismado, con un principio de sonrisa en la cara, con una serenidad solo matizada por una sospecha de displicencia, que es probablemente la que le despierta, en su lejanía, la masa compacta de nuestra vulgar humanidad. (…) Rafael del Pino se mimetizaba en aquella uniformidad corporativa y al mismo tiempo ocupaba su centro, sin necesidad de énfasis, sin provocar oleadas visibles de sumisión o reverencia, con una impasibilidad de ceremonia vaticana, de figura de sí mismo en un museo de cera. Parecía asentir a algo con toda atención y al mismo tiempo estar muy lejos. Tendía para saludar una mano eclesiástica. Cómo será tener en la cabeza proyectos de construcción de aeropuertos en Extremo Oriente y de redes de autopistas entre Dallas y Atlanta, imaginar flujos financieros que abarcan el planeta entero como corrientes atmosféricas, no descuidar los pormenores decorativos en una mansión con helipuerto en una orilla del Caribe, verse de pronto una mañana en todos los periódicos y todos los noticiarios, a la luz cruda del presente, acusado de deslealtad, de prepotencia, de codicia.
1521. Antonio Muñoz Molina
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