La maledicencia no destruye tan sólo la buena fama de su víctima, sino que envenena a cuantos participan de ella, aunque sea de forma pasiva. La maledicencia, que puede revestirse de las formas más burdas y más refinadas, más astutas y más necias, siempre revela la intención ruin de hacer daño y herir por la espalda, que los cuervos necesitan como el respirar para seguir viviendo. La maledicencia es la destilación de los peores residuos biliares de las personas más resentidas, más aplastadas por su mediocridad, más íntimamente fracasadas, a quienes excita el placer triste de destruir la fama de otras personas a las que envidian porque las perciben triunfantes, aureoladas de un brillo que las humilla, o porque las hacen culpables de algún agravio tal vez fantasmagórico que fermentan y agigantan en su mente. (…) Y es que la maledicencia, que es siempre el desahogo de un espíritu enfermo, se complace en el contagio corrosivo de su propia dolencia. Tan importante como el desprestigio de la persona calumniada, resulta para el maledicente que sus insidias envenenen las almas de las personas que alimentan, sembrando en ellas angustias y vacilaciones, provocando discordias y recelos incurables; encizañando, en fin, la convivencia, hasta convertirla en un campo de minas.
1431. Juan Manuel de Prada
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