Dice que ayer escuchó veinte veces la misma canción y se quedó varada en la misma página de un libro y se encontró en la calle sin saber por qué o para qué o cómo había llegado hasta allí. Dice que hablar por teléfono es una tortura, que está mucho rato antes de saber con quién está hablando, aunque ve sus caras y reconoce sus voces. Como si alguien le hubiera arrebatado la última pieza de un puzle y se la enseñara en la distancia. Dice que por la noche se despierta y va a beber agua y ve su reflejo en la nevera de acero inoxidable y piensa que a lo mejor, un día, muy pronto, no reconocerá ese reflejo. Y llora.
1341. Isabel Coixet
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