En el banco me reconocen a mí, pero no reconocen mi firma. “Inténtelo otra vez”, me ruega el empleado mostrándome la que se supone que es mi firma oficial. Después de un cuarto de hora de imitarme, logro falsificarla y puedo irme tranquilo. (…) Me desperté en medio de la noche, pero no abrí los ojos. Al no saber qué hora era, me sentí fuera del tiempo, además de fuera de mí, como viene siendo habitual. Medio en sueños, se me apareció un hombre vestido de negro, cuyo aspecto recordaba al del diablo, y dijo que él era yo. Me sugirió que tratara de imitarlo como imitaba la firma del banco. Lo hice y enseguida, al convertirme en él, volví en mí. Mi mujer se despertó un poco y preguntó si todo estaba en orden. Ejecuté un murmullo de asentimiento y miré la hora para entrar también en el tiempo de los demás.
1033. Juan José Millás
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