El querer ser buenos, y sobre todo que los demás lo vean, no tiene clase social; es una conducta que nos asegura la pertenencia al grupo, cuyas creencias ratificamos con nuestro comportamiento. Hoy ese “ser bueno” pasa por una suerte de activismo light que no conlleva cambios profundos. Tampoco los exigimos seriamente a los responsables políticos o a las empresas. La distancia entre las palabras y las cosas es enorme: nos quedamos solo con la declaración de intenciones y nos despreocupamos de su correlato real. Vacíos de contenido, nuestros sermones quedan reducidos a una cuestión de buen gusto, a una suerte de decoro cool: estamos en la onda, en la conciencia del momento, al tanto de que el mundo se va al garete y de que debemos darnos prisa por salvarlo y denunciar a los malos, si bien nuestra acción solo la registra Instagram. O la tienda de productos bio si tenemos el dinero suficiente. Este clima sermoneador donde pocas cosas cambian aunque siempre parezcamos a punto de hacer una revolución solo sirve para publicar reportajes en suplementos dominicales y ponérselo facilísimo a los poderosos, que siempre juegan a la confusión entre el relato y los hechos, y que ahora cuentan con el sentimiento de culpa de la ciudadanía.
1032. Elvira Navarro
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