— ¿Pero me estoy muriendo? ¿Me voy a morir? — Sí —le dije—, mamá, te vas a morir. — ¿Pero ya? ¿Tan pronto? Yo quiero estar con vosotros, con la niña… Permanecí en silencio, impresionado por las palabras que acababa de decir. Ella se quedó alternando la mirada entre mis ojos, que le respondían a duras penas, y el borde de la colcha, que agarraba fuerte con la mano, con aquella mano tan débil que se le había quedado. Luego, lentamente, se recostó y trató de conciliar de nuevo el sueño. Bajé un poco la persiana y cuando dejé la habitación rompí a llorar sordamente, como una presa que se quebraba y anegaba toda la provincia. Le acababa de decir a mi madre que se iba a morir. (…) No es que desde aquella mañana, en la penumbra de su cuarto, el camino de mamá fuera de rosas. Pero le llegó una paz extraña, la del que acepta lo que es un proceso natural, y que como tal proceso se despliega. (…) Una mañana, muy temprano, no había amanecido, mamá murió, y yo toqué un cuerpo inerte por primera vez, el mismo cuerpo que me dio la vida y que ahora yo acompañaba al abismo. Palpé sus mejillas frías, su mano rígida, susurré a su oído y miré esa mirada que ya no me miraba a mí, sino a través de mí. Han pasado seis meses y aún me parece una historia que soñó algún desconocido. Era, además, el día de su cumpleaños.


