Desde que Venus es Venus, el deseo se contempla como la fuerza que trastorna el orden. Por eso, ya las sociedades paganas fijaron con normas estrictas quién y cómo podía gozar del sexo. La esfera del placer no era el hogar, pues el matrimonio atendía al patrimonio, no a la atracción. Concertado por las familias, tenía su razón de ser en la herencia y las alianzas. Se prohibía casarse a los esclavos: era un asunto de ricos. En ese esquema, marido y mujer podían convertirse con suerte en amigos, pero no estaba bien visto acariciarse demasiado. Séneca desaconsejaba tratar a la esposa como a una vulgar amante.
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