El colibrí es, entre todos, el animal de metabolismo más veloz. Su ínfimo corazón late unas 1.000 veces por minuto —10 veces más que los humanos más acelerados. Y el resto de su cuerpo funciona acorde: su digestión, sin ir más lejos, es un rayo. Por eso, para seguir vivos, los colibríes necesitan comer dos o tres veces su peso cada día, porque tragan y digieren, tragan y digieren y están siempre al borde del desfallecimiento, y por eso se la pasan volando de un lado para otro, agitando las alas como poseídos: buscándose la vida al borde de la muerte. Por eso viven suspendidos frente a esas flores, picándolas: lo que vemos como belleza es su hambre, su desespero por sobrevivir.
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