Estas últimas navidades presenté a Pepa Bueno, Directora de El País, una propuesta cultural acompañada de un artículo para su consideración (Escribo para que no me lean), así como una copia, dedicada, de mis libros Fracasado y El Serunomismo. Mi mujer me animó a que los incluyera en mi envío postal a modo de regalo navideño. ¡Buena idea! –pensé–, así verá que además de escribir, publico. De hecho, mi estrategia original para captar su atención era aún mejor, pero no pude ponerla en práctica. Contacté con Andrés Rábago, con quien ya había tenido algún trato epistolar previo y quien muy amablemente y con buen criterio declinó actuar de mensajero intermediario (Andrés Rábago es toda una institución en El País, donde publica una viñeta a diario desde hace décadas bajo el pseudónimo El Roto), arguyendo para ello sus motivos, que por ser suyos, doy por excelentes.
Andrés me dedicó unas afectuosas palabras, un gesto que es bienvenido en cualquier circunstancia y más cuando te están denegando una petición: “Espero que encuentre una voz propia y que pueda abrirse camino en esa labor tan difícil en la que se ha embarcado. Con mis mejores deseos. Andrés”. Admiro a El Roto como artista y también como persona, pues aunque no le conozco personalmente, siempre me ha respondido y lo ha hecho educadamente, lo cual dice mucho de él. Responder, aunque sea con una negativa, es una muestra de respeto y el respeto es una forma de amar.
Las primeras semanas, desde que lancé mi mensaje embotellado a una mar embravecida, revisaba expectante mi correo, si bien dejé de hacerlo de manera progresiva decreciente conforme mis expectativas fueron decayendo, hasta desvanecerse por completo. Han sido ya tres meses y tres días los transcurridos sin respuesta. Ni siquiera un “lo estamos considerando” o un “muchas gracias por contactar con nosotros, pero su propuesta no encaja en estos momentos con las necesidades editoriales de nuestro periódico” o cualquier otra combinación de palabras de cortesía que hubieran actuado a modo de agua oxigenada (no alivia la sed, pero desinfecta la herida, aunque escueza).
Si bien este artículo pudiera interpretarse como un lamento y muestra de debilidad, victimismo y encono, la realidad es que entiendo perfectamente el rechazo de El País y lo he encajado con buen humor y gran estoicismo, si obviamos el drama que subrepticia o inconscientemente pudieran destilar mis palabras. Yo mismo recibo solicitudes constantemente que aunque me esmero por atender, no siempre me resulta factible hacerlo y eso que hoy en día no ocupo posición de relevancia alguna. Es decir, soy lo que viene a denominarse coloquialmente como un “Don nadie” –de ahí la ausencia de respuesta por parte de El País, que son expertos en detectarlo– y a mucha honra, pues es un cargo –y carga– que no todo el mundo sabe llevar con dignidad (ayuda haber descubierto con los años que la notoriedad es un atributo sobrevalorado). Aunque eso sí, yo, como El Roto, tengo también la buena costumbre de dar la cara, aun a riesgo de que me la rompan o de romper, con mi respuesta, algún corazón sensible y necesitado de aprobación, como es el mío. El respeto, las buenas formas y la transparencia, en ese orden, ocupan una destacada posición en mi lista de cualidades más apreciadas.
Quiero transmitir con toda esta palabrería redundante que es muy poco lo que me cuesta ponerme en la situación de la Directora de El País, probablemente el medio de prensa escrita de habla hispana más prestigioso del mundo. Me es fácil imaginar las cientos –quizá miles– de peticiones no solicitadas y de nulo interés comercial que, como la mía, ha de recibir todos los meses. Ha de ser una auténtica pesadilla: por la cantidad de pesados. Por tanto, si he querido compartir esta sensación de ninguneo que en algún momento hubiera podido sentir (mira por dónde, ya salió a respirar el drama emocional del subconsciente a la superficie) no es porque desee desahogarme (admitamos a estas alturas del artículo que un poco sí), sino más bien porque estoy convencido de que la experiencia de sentirse ignorado (un grado de desprecio por encima del rechazo) no le será ajena a muchos de los que me estén ahora leyendo; y digo “muchos” simbólicamente hablando, pues es sabido y confesado que muchos lectores, precisamente, no tengo.
Como sin duda ya sabe por experiencia cualquier artista que se precie o desprecie, conectar con una audiencia es nuestra mayor ambición y cualquier oportunidad que podamos aprovechar, damos por buena, incluida la de mostrarnos vulnerables y transparentes si la causa y la historia invitan. Permíteme por ello, en pos de ganarme tu interés y empatía, que continúe narrando mi desventura. No queriéndome dar por vencido (siempre trabajo con un plan B, C… voy ya por la letra Z), presenté mi proyecto El Rompecabezas a través de un anuncio contratado en Facebook a 69.184 personas de toda la geografía hispana e hispanoamericana (solo me faltó Cuba, por cuestiones geopolíticas ajenas a mi ámbito de decisión). El resultado fue espectacular: ¡Más de 10.000 Likes! (¡Un par de velódromos de Anoeta! ¡Casi un Wizink Center!). Nunca antes había escuchado tantos aplausos. Tanto es así, que recibí por parte de Facebook un entusiasta mensaje de enhorabuena y el título de “Creador en auge” por la hazaña lograda. De hecho, podría perfectamente haber alcanzado los 100.000 “Me gustas” si, en uno de esos raros –en mí– momentos de sensatez, no hubiera cejado en mi empeño: me planté en 89,96€, una cantidad que palidece cuando la comparo con los mil euros invertidos en ese mismo medio en la promoción de mi último libro, con patéticos resultados. En cualquier caso, lo consideré una señal más que esperanzadora en mi plan de construcción de un público para mi obra, pues hoy en día –hablo por experiencia– ¡ni pagando, oiga!
La alegría, sin embargo, me duró poco. Quienes me conocen saben de mi rigor matemático y mi debilidad –tara– por la numerología. Pues bien, aquí van los números. Analizando las estadísticas de mi web a través de Google Analytics, descubrí que en torno a 9.000 de esos 10.000 individuos de mi recién nacida audiencia ni siquiera visitaron El Rompecabezas, que es la única manera –no hay otra– de poder evaluar la calidad del proyecto que les acababa de presentar. Es decir, todas esas maravillosas personas que supuestamente me querían en sus vidas y que yo confundí por fans, me vinieron a transmitir, a efectos prácticos: “Nos gustas, pero no tenemos un minuto de tiempo para dedicártelo. ¡Sorry mate!”.
Y como los disgustos vienen siempre concatenados, aún hay más. De los 1.000 usuarios (10 arriba, 10 abajo) que, previo pago, me había cedido el bueno de Zuckerberg para mi proyecto El Rompecabezas, han sobrevivido a mis textos en los últimos 28 días 103. Por ejemplo, ayer viernes 17 de marzo tuve 20 visitas por parte de 8 personas, de las cuales tan solo una era un usuario recurrente (en realidad escribo para ti, quien quiera que seas). Lo cual no debería sorprenderme si atendemos a mi presentación pública del proyecto: “Esta es una propuesta minoritaria, pensada para mentes sin asfaltar”. Una ocurrente frase que además se demostró profética.
Esa humillación y frío baño de humildad me los tomaría personalmente si no fuera porque ya me he bañado en esas mismas aguas muchas veces en el pasado en compañía de tantos otros; y porque además en esta ocasión son cientos los autores cuyos textos he publicado en El Rompecabezas, desde Rosalía de Castro a Groucho Marx, por citar dos ejemplos ubicados en los extremos, siendo tan solo una de cada diez contribuciones de mi autoría. Momento este que aprovecho para hacer un corte publicitario: El Rompecabezas consiste en una colección de breves reflexiones indexadas que crece al ritmo de 10 al día y que consta de un sofisticado buscador con dos desplegables independientes, uno temático y otro por autor, un sistema de clasificación de pensamientos (1570 hasta la fecha) que da muchísimo juego. Si eres una persona con inquietudes intelectuales, te invito a que lo pruebes. Se trata de un proyecto titánico que, aunque esté feo que yo lo diga, bien merece una pizca de atención.
He querido compartir esta experiencia con mi inexistente audiencia porque a mí, como lector, me agrada y alivia leer las historias de perdedores y fracasados cuando otros me las cuentan. Y también porque he considerado interesante que quede constancia de la realidad que vivimos la inmensa mayoría de artistas y escritores en los agitados años veinte del siglo XXI, por si en un futuro algún lector o lectora que aterrizara despistado/a en esta página lo desconociera y en algo pudiera incumbirle, afectarle o importarle.
Antes de despedirme y con el fin de dar sentido al título improvisado y algo tontorrón que he dado a estas confesiones, simplemente añadiré que nadie, por poderoso que sea, nos puede impedir a los creadores dar vida –a luz– a nuestras ideas, independientemente del grado de ordinariez o extraordinariez que otros nos otorguen o de los galones elitistas y discriminatorios que podamos mostrar como salvoconducto para ser escuchados.
Quiero finalizar este relato compartiendo un link al artículo enviado a El País (Escribo para que no me lean) y publicado esta misma semana por Infolibre, otro medio de referencia que os invito a explorar. Y para los más curiosos/as, incluyo también sendos enlaces a mi carta a Pepa Bueno y a un segundo email enviado recientemente a la Redacción de su periódico (¿Dije que tenía dignidad? Exageré). Esta vez, por probar algo diferente e igual de inútil, he sazonado mis palabras con un puntito de descaro (se vislumbra que el cordero pudiera no ser tal, a juzgar por su patita). Espero que mi estrategia –my approach– sirva de muestra a quien corresponda de lo que no se debe hacer: el ridículo. O sí, ¿por qué no? Al fin y al rabo, poco daño hace el rubor a quien cabalga sus emociones con inteligencia y con humor.
To be continued…
PS. ¡Joder qué bien me he quedado! Y luego dicen que escribir no sirve para nada…


