Me pregunto qué me impulsa a compartir mi intimidad, mis pensamientos, mis emociones. ¿Qué necesidad hay de exponerme, sabiendo el riesgo que conlleva? ¿Lo hago para llamar la atención? ¿Para sentirme apreciado? ¿Será un acto de fortaleza o de debilidad, de honestidad o de manipulación? ¿Lo hago como contribución a la sociedad, para sentirme útil… o como maniobra de autoayuda? ¿Será un artificio para dar sentido a mi vida, para justificar mi existencia? ¿O una mezcla de todo ello, en proporciones variables, según el momento?
¡Qué más da! –me respondo.
Lo hago porque lo necesito, porque sé y porque puedo.
Lo hago como ejercicio de humanidad, de libertad, de reivindicación… y de rebeldía. Ante mí mismo. Ante la sociedad. Ante la vida. Ante la muerte.
¡Qué intensito te has puesto, Arturito!
¡Así me gusta!
Llevo ya unos meses sufriendo una crisis existencial.
Aunque, si me pongo riguroso, ¿no es acaso toda la existencia humana una crisis con distintos grados de intensidad, lucidez y gravedad?
Una sucesión de problemas y soluciones, deseos y frustraciones, placeres y dolores.
Dicen que los sesenta marcan el inicio de la senectud. Aunque, parafraseando a George Harrison, yo sigo sintiéndome un joven –un niño– en el cuerpo de un viejo.
Lo que es evidente es que, llegado a este punto, uno no puede evitar mirar por el retrovisor y hacer balance de su vida, al tiempo que toma plena consciencia de la fugacidad con la que el futuro se convierte en pasado y de los cada vez más escasos kilómetros de carretera que quedan por recorrer.
No ayuda que las visitas al hospital y al tanatorio hayan usurpado el lugar que antaño ocuparon casamientos y nacimientos.
Mórbido pensamiento que me lleva a recordar a los amigos fallecidos… e incluso a aquellos que, sin haber sido mis amigos, los he sentido cercanos desde la distancia: figuras admirables que, para mí, han supuesto un faro de luz entre tanta oscuridad.
He estado tentado de nombrar aquí a unos cuantos, pero he preferido abstenerme, por respeto… y por innecesario. Cada cual imagine los suyos.
Arturo, la vida se ha portado bien contigo. No pierdas, por favor, tu ilusión y natural entusiasmo.
Ponte en el lugar de quienes sufren serios problemas de salud, soledad, dependencia, precariedad, discriminación, depresión… Auténticos dramas humanos, en muchos casos demasiado cercanos como para poder obviarlos, incluso si quisieras caer en la tentación de hacerlo.
Piensa en las crisis de verdad, aquellas que se escriben a fuego: las tragedias en Gaza o en Ucrania, el auge de la ultraderecha, la ausencia de ética política, el deterioro de la democracia…
Aunque no sé a ti, pero a mí estos argumentos comparativos no me alivian en absoluto. De hecho, me deprimen aún más, si cabe.
Mi crisis no se debe a una enfermedad, ni a la muerte de un amigo o familiar. Tampoco a problemas económicos. Es de esas crisis que no tienen una justificación aparente y que, precisamente por eso, suelen ser menospreciadas por tu entorno más cercano.
Quizás no se hayan percatado de que el verdadero mérito está en restar importancia a tus propios problemas, no a los de los demás.
Porque, si te fijas bien, la mayoría siempre cree tener contrariedades más graves y mejor fundamentadas que las tuyas —que, en mi caso, todo hay que decirlo, probablemente sea incluso cierto.
La mía es una crisis del primer mundo, un mundo que llaman acomodado y burgués… aunque no sé yo. El grado de incomodidad es ostensible, a poco que rasques la superficie.
En cualquier caso, y aun siendo consciente de su aparente nimiedad, voy a vencer el pudor que me provoca este ejercicio de sinceridad brutal, casi pornográfica:
mi problema no es otro —por si no lo hubieras adivinado ya— que la frustración de sentir que tengo tanto amor, talento e inteligencia que compartir (modestias fingidas aparte), y sin embargo, haberme vuelto a encontrar con el muro infranqueable de la indiferencia. Una indiferencia que no he podido evitar vivirla como un reflejo de incomprensión, insensibilidad, deslealtad e incluso desprecio, cuando ha venido de quienes se supone más han de protegerte.
Soy consciente de que, en este escenario de farsas en el que hemos convertido la sociedad —tan dependiente de la imagen pública que cada cual haya tenido la habilidad de proyectar— compartir mi vulnerabilidad puede resultar contraproducente.
Sobre todo si alguien decide interpretarlo maliciosamente como un ejercicio de victimismo infundado.
Sin embargo, desnudarse para revelar defectos, fracasos o vergüenzas no me parece en absoluto un signo de debilidad.
Bien al contrario: lo considero una muestra de fortaleza.
De hecho —junto con el halago, al que está íntimamente vinculado— es uno de los gestos identitarios que más me definen.
Virtudes ambas que algunos me reprochan como si fueran defectos vulgares, en lugar de verlas como lo que son: auténticos actos de valentía y generosidad.
Y quién sabe… quizá también una invitación a contagiarse.
Han sido ya varios los años dedicados al desarrollo de Hope & Anger, con un impacto social francamente decepcionante. Teniendo en cuenta que el proyecto nació precisamente con esa intención, admito que duele.
Más allá de algunas apariciones en prensa, una fiesta en el AguaKt (¡gracias, Felipe y parroquia!) y una invitación para presentarlo en el festival de humor ZieKOKOKOmeria (eskerrik asko, Gorka Aguinagalde), que rechacé por encontrarme ya sumido en la enfermedad de la decepción —y una inevitable bajada de autoestima—, lo cierto es que tengo poco más que mostrar.
Pocos resultados objetivos que puedan justificar tanta ilusión y tanto esfuerzo, aparentemente baldíos.
Por eso he decidido parar.
Y sé que este anuncio, probablemente, no le importe a nadie más que a mí.
Pero quiero que conste: lo hago después de varios miles de diálogos escritos, cientos de vídeos, diez libros y novecientos diálogos publicados.
¡Casi nada!
Cualquiera que se embarque en una gesta semejante —yo que la he vivido sé bien de lo que hablo— merece todos mis respetos y mis aplausos.
Incluido, por supuesto, yo mismo.
Por si te interesaran los entresijos de esta capitulación, te cuento que no ha sido una decisión improvisada o gratuita, fruto de un calentón. Ha sido una retirada negociada con sus protagonistas.
Hope y Anger, que hace tiempo adquirieron vida propia y escriben sus propios discursos, me concedieron el privilegio de ser su portavoz, su humilde amanuense.
El pacto fue claro –se lo debía, se lo han ganado–: haríamos un último intento por darles visibilidad.
“Si sale mal, me concederéis por fin la libertad” –les dije, casi a modo de súplica, casi de reproche.
Y en cumplimiento de aquel compromiso, contacté con las principales redacciones de periódicos y revistas del país.
De 24 periodistas de 13 medios distintos, solo dos han respondido: Joaquín Manso, director de El Mundo, e Igor Fernández, director de El Jueves.
Ambos, eso sí, con amables negativas.
Lo sorprendente es que me siento agradecido a los dos. Sus rechazos, en este contexto de indiferencia generalizada, casi los vivo como un trofeo.
“Te felicito por el trabajo y por la presentación, que nos ha llamado mucho la atención (…) nos lo guardamos y lo tendremos presente”, me transmitía con sensibilidad semántica Igor Fernández, sin duda consciente del poder curativo que pueden tener las palabras.
Ser atento con los demás es una práctica que beneficia a todas las partes implicadas, no solo a quien recibe la atención.
Una noble costumbre, por desgracia, en vías de extinción en esta sociedad pecuniaria, donde solo entregamos nuestro tiempo si calculamos que pueda generarnos algún rédito.
Quien puso la puntilla final y terminó por abrirme los ojos —a mí, y de paso se los cerró a Hope & Anger— fue Mauro Entrialgo, reputado historietista y autoridad en la materia. Tras la presentación en Vitoria de su libro Malismo, Mauro hizo un encomiable intento por advertirme de cuál sería la reacción de la prensa ante mi propuesta de difundir mis diálogos.
Su deprimente exposición del panorama mediático nacional fue ampliada, con todo detalle, en una posterior misiva:
“Tu idea de publicar en un diario de distribución estatal y de papel es bastante loca, más que nada porque no existen periódicos de ese tipo, de esas características, que acepten ese tipo de material.
Los dos o tres que hay y que tienen algún espacio dedicado a la opinión gráfica, tienen esas secciones muy definidas y ocupadísimas desde hace años. (…)
En diarios locales no es del todo descabellado que algo con la estructura de lo que propones pudiera entrar, pero suele interesarles más que el contenido se ajuste a lo local. Y siempre hecho por gente que viva allí.
Y, encima, suele haber tortas para entrar (…)
El panorama es un poco como si alguien que ha empezado a hacer música te entra para que le recomiendes una discográfica para publicar vinilos y te manda sus maquetas. Como sabes, eso no va así ya. (…)
Dicho todo esto: si rebajas tus expectativas y en vez de un periódico tampoco te importaría una revista, se me ocurre una en la que (…)”.
Siguiendo su consejo, escribí a la revista. Resultado: cri, cri, cri…
¿Y ahora qué? —imagino que te preguntarás, si has llegado hasta aquí.
Pues bien, como le dije a Mauro Entrialgo en respuesta a su email:
“Es evidente que sobrestimé la calidad de mi obra —o, al menos, el interés que podía suscitar—, que a efectos prácticos viene a ser lo mismo. ¡Qué ingenuo!
Pero este fracaso, que se suma a tantos otros, y el esfuerzo que ha supuesto llegar hasta él, ya está dando sus frutos, una vez aceptado y tras lamerme las heridas.
Entre otras consecuencias, me he animado por fin a volver al mundo de la música, que había abandonado hace casi 30 años. Ahí seguro encontraré cura (…)
Gracias, Mauro, por la parte que te toca en ayudarme a ver que no estaba en el camino adecuado. El camino de cabras que tira al monte, en mi caso, iba por otro lado”.
Aunque pudiera parecerlo, esto no es un abandono. Son simplemente los últimos metros de una etapa que ha llegado a su fin.
No se trata, por tanto, de un proyecto equivocado del que deba sentirme arrepentido o avergonzado. Mis sensaciones anímicas están muy lejos de eso.
Saber que has llegado a la última página es de sabios.
Aferrarse a una expectativa contra viento y marea, de necios.
Admito, eso sí, que tengo más dudas que certezas.
¿Acaso un proyecto vital, sea cual sea su naturaleza, solo se justifica si tiene éxito?
¿Y qué determina, en realidad, el éxito de un proyecto?
¿Es mayor logro haber crecido humanamente a través de la obra, o haber obtenido de ella un rendimiento material –económico, mediático, reputacional–?
¿Puede una obra justificarse por sí misma, por su impulso transformador o sanador en quien la crea? ¿O necesita, para cobrar sentido, ser validada por un público?
¿Es el valor que otros otorgan a nuestro trabajo lo que nos hace valiosos… o somos valiosos independientemente –o incluso a pesar– de nuestro trabajo?
Y así podría seguir, sumando preguntas, e incluso atreverme con algunas respuestas –a sabiendas de que serán siempre relativas e incompletas–.
Pero prefiero dejarte ese lugar a ti. Que seas tú quien especule, quien se responda. Con las respuestas que te sirvan. A ti.
He empezado este artículo preguntándome por qué escribo y lo he finalizado descubriendo por qué escribo al menos este artículo.
Lo hago para cumplir con mi propio destino, con lo que tocaba hoy, que era rendirle mi pequeño homenaje a dos grandes personajes a los que dejo sin voz.
Y esperar que dicho gesto me ayude a superar mi decepción, palabra que curiosamente viene del latín deceptio: engaño.
Porque si algo he aprendido a base de fracasos –o éxitos, si eliminamos las falsas expectativas de la ecuación– es el valor de la gratitud, el desapego y la aceptación.
No se puede abrir un nuevo capítulo sin finalizar el anterior.
Y cómo hemos vivido y cerrado este determinará el siguiente, por lo que todo suma, incluso –o particularmente– los desengaños.
A lo que solo me queda añadir, a modo de broche final, que si esto que he compartido aquí contigo te ha servido a ti de algo, estupendo –¡feliz por ti!– pero ahora que ya lo he escrito, sé que lo he escrito por mí.
Gracias por prestarme tu atención.
PS: Quiero expresar mi más profundo agradecimiento a Eduardo Loiti, Iban Arroniz e Imanol Tirador por su acompañamiento cómplice y generoso durante este viaje. Me los imagino perfectamente a los tres dándome un consejo compartido final: “Arturo, disfruta de tu obra y descarga tus inseguridades, anhelos y decepciones. Y –lo que supondría tu éxito existencial más liberador– renuncia al deseo de que los demás te ofrezcan su aprobación”. Porque, como dijo el sabio mirando al horizonte: quien carga lo innecesario camina más lento hacia lo esencial.
LOS MILAGROS EXISTEN
Cinco días después de la publicación de este artículo, uno de los 13 medios a los que hago mención me propuso una serie veraniega de Hope & Anger, “aprovechando que es un contenido diferente, original y que invita a la reflexión”. Fue así como revivió un proyecto que yo ya había dado por agotado y que hoy puedes visitar en esta sección de mi web. Además de convertirse uno de los diálogos en la pieza más leída del día, aquella colaboración dio lugar a un nuevo libro –Hope & Anger X– en cuyo prólogo pude agradecer a dicho medio, infoLibre, su confianza y la oportunidad brindada.


