Una regla que se enseña a los actores de arte dramático es que no debes juzgar al personaje que estás interpretando. Juzgar te hace quedar fuera de sus vivencias. El compromiso que adquieres cuando te pones en su lugar es mirar el mundo desde el interior de su cabeza. El público juzgará. Tú defiendes su causa lo mejor que puedes. Cuando nacemos, nos identificamos con los demás, sentimos empatía y una humanidad compartida porosa. Los bebés lloran solo con ver las lágrimas de otra persona. Pero a medida que crecemos, nos ponemos a reprimir esos sentimientos y a suprimirlos para el resto de nuestras vidas, a suplantarlos a favor de la autoprotección o de una ideología y a sospechar y desconfiar de los motivos de los demás que no son como nosotros. Y así llegamos a este triste momento de la historia.
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