Nos distanciamos cuando dejé de lado la universidad y comencé a escribir. Le dejé leer un cuento. Y no dijo nada. El último domingo de su vida, que nadie sabía que sería el último, me contó que quería crearse un heterónimo, es decir, otra identidad, y recomenzar su carrera de escritor. Hablaba, claro, de renacer. Por la tarde murió. Un ictus. Esa unión de la voluntad de renacer con la muerte me conmovió. Dos años después apareció mi cuento publicado. Sin decir nada lo había enviado a una editorial. Sentí que, al comenzar a escribir tras su muerte, me había convertido un poco en su heterónimo. He tenido que hacer mi camino. Algunos libros son un diálogo con él, el conflicto entre nosotros.
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Solo se puede ser amigo si uno lleva su honestidad hasta arriesgar la amistad. (…) No es que se tenga que decir todo, pero no puedo decir lo que no pienso.
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