Conforme nos hacemos mayores, los adultos perdemos el contacto con nuestra imaginación. Pero cuando estamos con niños pequeños, el mundo fantástico vuelve a nosotros. Cuando un adulto observa a un niño aprender a andar, hablar o comer, no hay tanto juicio ni corrección. Hay alegría. Por eso funciona. (…) creemos que dentro de cada niño hay un pequeño filósofo. Hay que incluir a los niños en los debates con la misma dignidad y respeto con los que se incluye a un adulto. Dejemos que piensen en las preguntas más profundas sobre la vida. Antes de que se les exprima, de que la gente deje de escuchar su voz para ponerles un montón de deberes. Hay mucha sabiduría ahí guardada.
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