Manuel Huertas, mi marido, era progresista, político, del PSOE. Eso lo convertía en candidato a la persecución, al secuestro, al asesinato. En el buzón de casa nos dejaron tres esquelas con el nombre y la foto de nuestros hijos. Yo era maestra en una escuela pública y cada día, a las ocho de la mañana, bajaba las escaleras temblando porque sabía que me iba a encontrar pintadas. Una vez, al salir, vi a uno de mis vecinos, Peio, y a su hija, con un cubo y una fregona limpiando una pintada contra nosotros. Querían evitar que la viéramos. Ese acto tan poco frecuente y tan valiente nos dio a todos fuerzas para continuar.
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