Dicen que éste se aprovechó de él para seducirle, aislarle de sus amigos y quedarse con la herencia. ¿Y qué? ¿Por qué los viejos no podemos dejarnos seducir, con lo que nos gusta? Recuerdo el chiste de Mingote: el despacho del notario, lleno de avinagrados parientes enlutados y una rubia con un cruce de piernas sensacional. Dice el testamento: “… y a Purita, que se casó conmigo por mi dinero, le dejo ¡mi dinero!”.
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