Llegó el momento, hablé y salió bien. Después del acto se acercó el estupendo Matías Prats, uno de los premiados, y alabó mi capacidad de improvisación. No supe qué responderle. Porque lo cierto es que había estado pensado en mis palabras durante una semana; luego, el día del premio, escribí el discursito, lo medí de tiempo, lo ajusté, lo ensayé mil veces para hacerlo carne y no tener que leerlo, para poder contarlo con emoción y genuina verdad, no repitiendo las palabras como un loro. En total tal vez empleé seis horas de trabajo para esos cinco minutos. Luego hice ejercicios de respiración para tranquilizarme. Y me tomé un sumial, un betabloqueante, para que no me temblaran la voz ni las ideas. Todo lo contrario, en suma, a improvisar: sigo teniendo que vencerme en algo que no me gusta. Y ¿saben qué? No sólo me enorgullezco de que sea así, sino que además me parece profundamente alentador.
2405. Rosa Montero
0


