A principios del siglo XX la música era todavía esa irrupción escasa y bienvenida, algo que alguien debía producir especialmente —un cantante, una banda, una pianista, la prima Dolores, los borrachos de la taberna, el coro de la iglesia—, algo que se esperaba y escuchaba con agradecimiento. Pero después, con la invención del gramófono, la radio, los altavoces poderosos, el reproductor móvil y el resto de los aparatos, la música se volvió omnipresente: se producía sin el menor esfuerzo con solo el toque de un botón, estaba en todos los lugares todo el tiempo —y lo que resultaba cada vez más difícil de conseguir era el silencio.
1523. Martín Caparrós
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