Una y otra vez, aquí y allá, escuchamos el dogma del credo motivador: si quieres, puedes. (…) Y sin embargo. Basta mirar alrededor para comprobar que las consignas del pensamiento positivo cierran los ojos a muchas realidades inquietantes. Que no siempre el empeño recibe su recompensa. Que la precariedad nos aleja de nuestros sueños. Que en ocasiones los vientos del azar o la salud soplan en contra. Que a veces chocamos contra muros más altos que nuestras fuerzas. Que no somos culpables de todos nuestros tropiezos. (…) Quien no se haya sentido así alguna vez en la vida que arroje el primer libro de autoayuda. Toda la parafernalia del optimismo mágico coloca la responsabilidad en los hombros de cada cual, y es poco comprensiva con quien lo intenta pero fracasa. Aquel que no alcanza la meta no se ha esforzado lo suficiente. Mientras tanto, sube enteros el prestigio del sacrificio, la espiral obsesiva y la autoexplotación. (…) Hay que darlo todo, triunfar a cualquier precio, luchar hasta la extenuación. (…) Y en nombre de esta competición solipsista se olvidan otras motivaciones poderosas como la alegría y la colaboración que —oh, sorpresa— suelen ofrecer mejores resultados.
514. Irene Vallejo
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