Cuando se saca a pasear la parábola del hijo pródigo, hay que ponerse en guardia. La enseñanza evangélica que remite a la humildad y al arrepentimiento del hijo que vuelve a casa de su padre después de dilapidar la herencia cobrada en vida se ha ido releyendo para justificar todo tipo de chapuzas morales en nombre del habitual ‘buenismo’ desnortado que se reclama como muestra de superioridad moral. Tanto es así que, en la interpretación ya casi dominante, el hijo pródigo sigue siendo un golfo necesitado de más dinero y el padre, un pobre hombre al que el hijo toma el pelo. (…) ¿Puigdemont hijo pródigo? El prófugo secesionista es la antítesis de este personaje.
2802. Javier Zarzalejos
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