El economista Adam Smith, que acuñó ya en el siglo XVII la expresión ‘la mano invisible’ para elogiar las virtudes del libre mercado, fue el primero en reparar en que la mayoría de las personas creían que existía un vínculo estrecho entre el trabajo y el valor de las cosas. Pero Smith matizó algo determinante: el valor del trabajo de un objeto no se establecía en función de la cantidad de trabajo que se había dedicado a fabricarlo, sino de la cantidad de trabajo que el comprador estaba dispuesto a emplear para adquirirlo.
257. Lourdes Gómez
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