Hay un “detonante” que me enfada más que cualquier cosa: la sensación de que alguien me ignora, de que no me escucha ni me ve (…) A veces, le pregunto algo a alguien y, si no me hace caso, mentalmente reacciono de forma automática con treinta años de rabia acumulada. Le pregunto a una novia: “Oye, ¿mañana vamos de compras?”. Puede que esté leyendo algo, que no me oiga y no me responda, y yo me siento como si se acabara de follar a su profesor de yoga delante de mí, riéndose y comentando en tono de burla que soy una mierdecilla insignificante, y me entran ganas de morirme.


