Detesto escribir novelas. Es un trabajo duro, minucioso. Un año o año y medio de rutina laboral, de cinco a ocho horas diarias, festivos incluidos. Para un escritor profesional, al menos la clase de profesional que soy –no un artista, sino un artesano que cuenta historias lo mejor que puede–, eso no se diferencia de otras actividades laborales. Es como ir a la oficina o a la fábrica, fichando a la entrada y la salida. Nada hay de romántico ni glamuroso en ello. Se trata de un trabajo que se hace de forma rutinaria, organizada. Y que fatiga como cualquier otro. (…) Lo que me gusta es imaginar. Construir la trama de lugares, personajes y diálogos es lo más cercano que conozco a la felicidad.
2481. Arturo Pérez-Reverte
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