Cada día me siento más cerca de los que antes me parecían enfermos y chiflados. Intento hablar con todos, entenderlos, conocerlos. He comenzado a dejar de juzgarlos y los escucho con atención, apartando de mí la conocida petulancia protectora. Ya no se aparecen ante mí como zumbados, sino que me reconozco en ellos. Me identifico con muchas de sus historias, sus ansiedades, sus pensamientos intrusivos, su sufrimiento… (…) Esa sensación es reparadora, porque hace que la soledad de la enfermedad desaparezca. Que alguien sienta lo que siento yo me da fuerzas. Ya no soy yo contra el mundo. Hay otros que lo experimentan de la misma manera. Soy uno más, diferente pero idéntico. Día a día he ido comprendiendo que yo también soy un enfermo. (…) En una sociedad cimentada en la imagen, los logros, el ascenso social, las clases, la individualidad, el poder económico y político, yo tuve que encerrarme para darme cuenta de que nada de esto tenía la más mínima importancia. Aprendí a ser humilde y a abandonar una arrogancia irreal que lo único que conseguía era separarme del mundo.
2211. Javier Giner
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