Hace falta una ética del origen y el destino de las cosas cotidianas que usamos: quién las ha hecho y en qué condiciones y qué camino han seguido hasta llegar a nosotros; a dónde van cuando ya han dejado de importarnos y parece que de manera discreta y misteriosa han desaparecido de nuestra vista. Todo va a alguna parte. Sabemos de los ríos teñidos de colorantes químicos que discurren por las regiones de Bangladés en las que se fabrica nuestra ropa barata. Y bastará una breve búsqueda en YouTube para contemplar las cordilleras de chatarra electrónica que dibujan el horizonte de la ciudad de Accra, la capital de Ghana, por las que trepan nubes de mujeres y niños recolectando el cobre y otros metales que pueden extraerse de esos millones de aparatos en desuso exportados o más bien arrojados desde Europa.
2008. Antonio Muñoz Molina
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