Cada vez que tenía que hablar me ruborizaba, era traumático, se me subía toda la sangre a la cara. Estuve décadas avergonzado. (…) Me ha ayudado mucho el alcohol, que era anatema en mi casa: mis padres pensaban que si uno probaba una gota entraba en una espiral de perdición. Era el pecado máximo para los metodistas: si se mencionaba la palabra alcohol, yo me ruborizaba. Una vez probé un poco de jerez a escondidas y, ay, qué relax, qué alivio. Me quitaba la timidez y tenía ganas de hablar con todo el mundo. (…) el alcohol, con moderación, ha sido fundamental en mi vida. No concibo un día sin tomar una copa de vino o dos al llegar la noche. Lo que más me gusta es salir con amigos, como haré esta noche. No nos vamos a emborrachar, pero sí disfrutar de un buen vino y la conversación. Es un regalo de Dios y no del diablo.
1755. Ian Gibson
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