Creía que la vida parlamentaria estaba hecha de hipocresía y fingimiento, y a esa fe rendía mis esperanzas democráticas. La civilización es un baile de máscaras, una liturgia compleja que regula las relaciones humanas para evitar sus aspectos animales y la devastación de la sinceridad. Confiaba en que la puesta en escena parlamentaria fuese aún una forma protocolaria de cortejo y berrea, la ritualización teatral —sí, teatral— de unos conflictos que tratados de otro modo conducirían al degüello del otro. Pero me han convencido de que no hay barniz, que lo que se dice en la tribuna se dice de verdad, con intención y sentimiento, y que para los diputados que corren a Atocha a coger el tren a su pueblo no hay otra vida que esta. (…) En los días que pasé allí, me pareció que las opiniones se anteponían siempre a las personas. Y nada indica que vaya a cambiar.
1705. Sergio del Molino
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