La ligereza, la lisura, la forma simple de un teléfono o una tableta están calculadas para sugerir a la mirada y al tacto una perfección platónica, una asepsia inmune a la mugre, a lo áspero, a lo pegajoso. Una forma tan pura como un prisma de alabastro, translúcido y sin peso. El cobalto va por dentro: tres gramos en un smartphone, 30 en una tableta. Y junto a él, la esclavitud, el sufrimiento, la miseria de la gente que araña y cava la tierra en el Congo y abre túneles en ella buscando las manchas azules reveladoras del mineral. Los gigantes mundiales de la tecnología afirman en sus páginas web, en sus proclamas angelicales de bondad corporativa, que se han asegurado de la limpieza del origen de los materiales que usan, la sostenibilidad de su minería, el respeto a los derechos humanos, la ausencia de trabajo infantil. Todo es mentira. (…) Sobre el sufrimiento de toda esa gente y la destrucción de su mundo se sostiene el progreso tecnológico y el bienestar del nuestro.
1385. Antonio Muñoz Molina
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