Quisiera plantear la distopía contemporánea de los cuerpos aislados que se comunican a través de pantallas. El relato “El mundo tal cual será, el año 3000”, escrito por Emilio Souvestre en 1857, nos habla ya de esta realidad. En esta historia el protagonista tiene puestas sus esperanzas en un futuro de progreso indefinido. Por eso permite que el duende Señor Progreso le duerma y le haga despertar en el año tres mil. Allí descubre que los humanos viven aislados en sus casas automatizadas en las que no tienen contacto directo con el mundo exterior. Según parece, esta es la fórmula perfecta del progreso, aquella que vincula la libertad con el aislamiento. En cambio, en nuestra realidad del 2020 descubrimos que el confinamiento que nos aislaba del mundo no era tan fascinante. La distopía de los cuerpos hiperconectados a través de pantallas se volvió agobiante en los días de la pandemia. La prueba la tenemos en el descenso del consumo de contenidos online cuando regresamos a la normalidad. La libertad se volvió a entender como el retorno a las calles para invadir las terrazas y compartir unas cañas.
1293. Inmaculada Ballesteros
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